Piensa en la última vez que nos vimos. ¿Recuerdas nuestra despedida? ¿No? Yo tampoco. Porque no la hubo. Porque ninguno de los dos dijo literalmente "adiós". Porque lo que decidimos fue dejarle al tiempo que hiciese su trabajo, cargarle a él con el muerto de nuestra relación, darle a él la opción de revivirnos o de enterrarnos definitivamente en eso que algunos llaman pasado. El caso es que ninguno dijo adiós. Pero tampoco dijimos gran cosa. Ni si quiera un "quizá la próxima vez". Cómo me gustó oír eso una vez... Y sin embargo esta vez no dijimos nada. Silencio. No salían las palabras. Las tuyas, quizá porque no existían. Las mías, porque estaban completamente atascadas en mi garganta. Pero al menos no dijimos adiós. Y tampoco dijimos nunca. Aunque sí que nos negamos a muchas cosas. Bueno, tú lo hiciste. Y no dejo de preguntarme qué pasará la próxima vez, qué nos diremos, qué haremos, cómo nos miraremos... Porque siempre has sido mi bienvenida más nerviosa y despedida más dura. Y la última vez, sin bienvenida ni despedida, con todo en el aire, con nosotros a medias... Eso sí que fue duro. Y, tristemente, lo sigue siendo para mí. Porque, sin llegar a entender muy bien el porqué, no consigo dejarte ir. No consigo despedirme de ti y me asusta pensar que nunca llegaré a hacerlo y que nunca podré volver a darle la bienvenida a alguien de la misma forma en que te la daba a ti. Siempre pensé que estarías ahí o que al menos volverías y ahora, que por mucho que te busco no te encuentro... Ahora ya no sé qué pensar. Supongo que es verdad eso de que a veces "siempre" puede ser tan sólo un segundo. Y en nuestro caso, varios años. Bastantes, la verdad. Pero parece que también tenemos fecha de caducidad... Aunque nunca sea capaz de aceptarlo del todo. Aunque siempre vaya a dudar entre darte un abrazo y decirte hola, o despedirme de ti, una vez más, pensando que es para siempre.

No hay comentarios:
Publicar un comentario