Salí
por la puerta de casa en busca de mi siguiente aventura como si se tratase
de cualquier otro día pero poco a poco me fui dando cuenta de que no era
así. Ese día era peor que uno rutinario. Tenía calor, no me apetecía
escuchar ninguna canción, tosía más de lo que mi paciencia podía aguantar,
mi pelo daba asco y, por si fuera poco, me tocaba esperar al bus más
minutos de los que me gustaría. Estaba claro que me había levantado con el
pie izquierdo. Y sin cabeza, porque me encontraba en las nubes cada dos
por tres. "Y sólo son las once de la mañana” pensé. Subí al bus con más
desgana que de costumbre. Dos pitidos seguidos y una pequeña pantalla
amarilla me decían “pase” así que hice caso, avancé y me senté mientras
miraba hacia la ventana con cierta tristeza. Mi mente era una bomba a
punto de estallar. “Aguanta” me repetía a mí misma cada pocos segundos con
la esperanza de que funcionase y pudiese ser algo más fuerte. Decidí mirar
a los demás pasajeros que iban en el autobús para distraerme. Un joven se
encontraba en frente de mí. Por su expresión rígida y pensativa podría asegurar
que tampoco era un buen día para él. Estaba escuchando música también. Me
pregunté qué se le pasaría por la cabeza al ver a una chica como yo
tarareando mis canciones con pinta de interesante. (Porque así soy yo
cuando viajo en autobús). Me pregunté qué pasaría si me acercase a él y le
preguntase su nombre. Ya habíamos coincidido varias veces, así que, ¿por
qué no? “Nos vamos a seguir viendo, podríamos ser amigos. Estaría bien”
pensaba mientras negaba con la cabeza para mi interior. Jamás me atrevería
a hacer eso. ¿Cómo iba a privarnos a los dos del placer de viajar
escuchando música? “Estaría bien” repetía mi alter ego. Claro, no se lo
negaba. Pero no sería capaz de hacer eso ni en este ni en ningún universo
paralelo posible así que ignoré mis fantasías peliculeras y desvié la
cabeza. Un señor de avanzada edad y un chico jovencito, que imaginé que
sería su nieto, conversaban agradablemente. El pequeño le susurraba cosas
al oído a su acompañante. Me parecía muy tierno. Ese sí que era su día. Se
reían y miraban entretenidos hacia todos lados. Seguro que, teniendo la
relación que mostraban tener, todos eran buenos días para ellos. Recapacité
y pensé que, quizá, aquel no era mi mejor día porque debía de ser el suyo.
Y también que, quizá, mañana volvería a ser el suyo pero también sería el
mío. Y el del chico misterioso. Y sería mañana cuando todos nos
dedicaríamos una sonrisa al subir a ese autobús en busca de la siguiente
aventura. Sería mañana cuando no miraría a la ventana pensativa y con tristeza, cuando no buscaría excusas en mi mente que justificaran mi desgraciada mañana, cuando no necesitaría distraerme mirando a los demás pasajeros. Sería mañana cuando estaría decidida a vivir una gran aventura y hacer que ese día contase para algo. Porque cada día ha de contar, cada día ha de sumar algo bueno a nuestra vida. Y ese día tuve la esperanza de que así sería al día siguiente.
(Y así fue)
Pequeños consejos para que nunca os levantéis con el pie izquierdo:
No hay comentarios:
Publicar un comentario