Y fue en aquel preciso instante cuando lo supe, cuando me di cuenta de que era su voz la que me hacía temblar, no sus palabras; más bien su tono, su gracia. Era su voz la que me quitaba el sueño, me obsesionaba. Me di cuenta de que, para mí, lo importante era escuchar su voz al despertar, no sentirle en mi cama. Joder, qué bonito era ese momento. Era su voz rasgada, su voz enferma de por la mañana la que me estremecía, la que recorría todas mis entrañas. Era su voz lo único que yo necesitaba oír. Su voz era mi roca, era mi aire. Su música era mi vida. Todo lo que decía para mí sonaba a verdad, sonaba a dulzura, sonaba a sueños. Daba igual si no le prestaba atención, si no le entendía, sólo importaba que fuese su voz la que me diese los buenos días, la que me cantase nanas por la noche. Sólo hacía caso a lo que su voz me decía, sólo recuperaba la esperanza cuando ella me cantaba. No necesitaba nada más que su voz para poder seguir adelante. Me di cuenta de que estaba enamorada de su voz y quizá no tanto de él. Me di cuenta de todo esto cuando un día, él, decidió apagar su voz y desempolvar aquella guitarra que tenía en la esquina de su desordenada habitación. Entonces todo cambió. Sus manos acariciaban unas cuerdas que no eran las de mi cuerpo, perdía el tiempo con la guitarra y no conmigo, ya nadie me daba los buenos días y, por supuesto, ya nadie me cantaba nanas cuando la Luna empezaba su jornada. Me sentía tan vacía que decidí despedirme de él y, de la misma manera que él desempolvó aquella guitarra, yo empecé a empolvar todos nuestros recuerdos. Los guardé en un cajón de la casa de un pariente cercano. Un cajón que cierra con llave. Guardé esa llave durante un tiempo con la esperanza de que algún día él apariecese en mi puerta y me volviese a cantar. No fue mucho tiempo porque oí comentar por la ciudad que aquel chico que un día llenaba almas con su voz no había vuelto a pronunciar palabra alguna. Dicen que, al igual que la chica que siempre le acompañaba estaba enamorada de su voz, él se había enamorado de aquella guitarra. Y, como ya he mencionado, era su voz la única que me hacía recuperar la esperanza. Así pues, sin su voz y sin esperanza, cogí aquella llave que siempre estaba conmigo y la tiré al mar desde el puente más cercano. Sin pensarlo dos veces.
Se cuenta que los pescadores y buceadores de la zona oyen ahora una voz que viene desde el fondo del oceáno.
Y apostaría todo lo que tengo a que se quedan igual de embelesados que me quedaba yo cuando la oía pronunciar cualquier palabra.

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