sábado, 28 de febrero de 2015

Ven y quédate.

Quédate. O mejor dicho, ven. Porque no estás. Ni has estado. Pero, oh, dios, ¡cómo me gustaría que así fuese! Ven y quédate hasta que me canse de ti (si es que eso puede suceder). Ven y quédate, dame cobijo, dame alegría. No sé por qué te lo pido. Bueno, de hecho, no lo hago del todo. Te lo pido en silencio. Te lo digo cada vez que te miro de reojo, cada vez que te sonrío sin querer, cada vez que me río al escuchar lo que le cuentas a otra persona. Pero lo intento, de verdad que lo intento. ¡Cómo me gustaría que me oyeses! Y que me hicieses caso, por supuesto. Ven y quédate hasta que tenga grietas en los labios de tanto sonreír. Ven y quédate hasta que conozca cada lunar que recorre tu piel, hasta que sepa cómo sabes por la mañana, después de comer y por la noche también. Ven y quédate hasta que sepa en qué posición duermes, y cómo te gusta el café, y a qué horas prefieres leer, y si eres más de dulce o de salado, y cuál es tu chiste favorito, a qué jugabas de pequeño, qué haces cuando no puedes dormir y con qué sueles soñar más a menudo. Ven y quédate hasta que conozca todo sobre ti. Porque sé que todo me va a gustar, porque sí, porque lo presiento. ¿Amor a primera vista? No, no es eso. No sabría cómo definirlo. Pero sé que me gustarías. O que me gustas. Lo siento cuando estoy cerca de ti, sobretodo cuando te oigo hablar. Sí, lo siento. Es como si cada latido de tu corazón me contase una historia diferente sobre tu vida. Casi todas incluyen alguna risa mía de fondo. Oh, no, perdón. (¡Qué vergüenza!) Eso es lo que yo suelo imaginar, es con lo que yo sueño. Con reírme al final de cada historia que tú me cuentes. Porque sé que será así. Pero, por favor, ven y quédate y dime que algún día tú soñarás conmigo también. O, mejor dicho, ven, quédate y cuando me despiertes por la mañana dime que no estoy soñando, que no es mi sueño ni el tuyo, que era el de los dos pero que da la casualidad de que ahora es nuestra propia realidad.

Oh, won't you stay with me...?


viernes, 13 de febrero de 2015

No me busques, porque ya no estoy.

No me busques, porque ya no estoy. No me busques, porque ya no soy. Ya no estoy en aquel café donde reíamos y hablábamos de cualquier tema sin importancia. Ya no estoy donde todos nuestros recuerdos se juntaban, se entrelazaban, fingiendo que volvían a ser felices. Ya no estoy donde me sentía bien sólo por estar con buena compañía (al menos la que yo creía buena). No me busques, porque ya no estoy allí. Estoy donde hay nuevos comienzos, donde hay nueva gente. Ya no estoy allí. Estoy más allá de la que una vez fue nuestra frontera. La crucé. La crucé sin darme cuenta pero, joder, ¡qué bien me sienta haberla cruzado! Porque ya no estoy allí. Ya no estoy donde las lágrimas eran rutina, donde los abrazos eran necesarios, donde me atragantaba con lo que quería decir y nunca acababa diciendo. Ya no estoy donde no existían oportunidades (ni primeras ni segundas), donde aguantaba la respiración por miedo a molestar, donde sentía que a cada paso que daba me tropezaba. Ya no. Ahora estoy donde habitan las experiencias, la armonía, las lecciones. Ya no estoy donde hay recuerdos borrosos, palabras rotas o incluso un error tras otro, sin apenas intervalos. Me fui y ya no estoy allí. ¿Por qué?, te preguntarás. ¿Y por qué no?, te respondo yo. Ahora estoy donde todo vale la pena, donde las batallas tienen nombre y acaban en victoria, donde la verdad prevalece ante todo, donde aprendí a ser independiente. Ya no estoy donde los días parecían años, sino donde los años parecen días. No me busques, porque ya no estoy. No me busques, porque ya no soy. Ya no soy aquella chica débil, inocente, ingenua. Ahora soy fuerte, con ideas claras. No me busques, porque ya no estoy. Ya no estoy donde se encuentran todas las mentiras juntas, entrelazadas unas con otras, llevando una felicidad instantánea a cuestas. Ya no estoy donde apenas veía mi sombra. Me fui de allí con la intención de no volver. Y de momento, lo estoy cumpliendo. Ahora estoy donde los sueños pasean por mi calle siempre de la mano, donde la esperanza se controla más aunque sigue siendo lo último que se pierde, donde... Donde... ¿Y para qué decirlo? No quiero que nadie vaya a ese lugar. Me gusta ir sola. Es relajante, me llena, me inspira. ¿Y lo mejor? No tengo ni que moverme del sitio (porque está en mi mente, claro). Pero, eh, no me busques. Está prohibido. No me busques porque ya no estoy, no soy y no voy a volver.




jueves, 5 de febrero de 2015

Dime, ¿y ahora qué?

Contra todo pronóstico, aquí estamos otra vez. Él dejó a un lado sus palabras de despedida para volver a hacer eso que tanto daño nos ha causado: hablar. Y aquí estamos otra vez, después de tantas y tantas equivocaciones. ¿Y ahora qué? ¿Volvemos a las discusiones, a las palabras malsonantes, a las risas desenfadadas? ¿Volvemos a querernos para acabar odiándonos de nuevo? ¿Volvemos a lo mismo? Pensé que iba a estar más contenta si volvíamos a nuestro gran caos porque, a pesar de ser un caos, era nuestro. Nuestro y de nadie más. Ellos no lo entendía. A veces ni si quiera lo hacíamos nosotros. Pero, ¿y ahora qué? Es como escuchar una canción triste una y otra vez. A veces la escuchas pensando que el final va a cambiar, que va a acabar bien, pero en tu interior sabes que no y que no importa cuántas veces la reproduzcas, que si es triste, siempre va a ser así. Porque hay cosas que, por mucho que queramos controlarlas, no podemos y son como tienen que ser. ¿Y ahora qué? Volvemos a las idas y venidas, a dejar nuestras cabezas boca abajo en busca de alguna excusa que justifique cualquier comportamiento estúpido, a que todas nuestras palabras estallen contra una pared que impide que lleguen al otro lado. Volvemos a los malentendidos, a los destrozos, a los días nublados, a las copas llenas de penas. ¿Y ahora qué? Dímelo. Dime, ¿y ahora qué? Dímelo, tú, que quisiste decir adiós para volver como si nunca lo hubieras dicho. El silencio siempre fue tu mejor respuesta. Y eso me hacía enloquecer. Pero, dime, dime tú... ¿Y ahora qué? ¿Cruzamos el muro otra vez? Abrirme contigo de nuevo sería como darle las llaves de mi casa a un ladrón experto, de esos que no dejan nada, que se llevan hasta los susurros más refugiados y que siempre que se van lo hacen dejando huella y destrozos imposibles de arreglar. Estaría si loca si lo hiciese otra vez. Seré mucho más cauta de lo que lo fui entonces. Soy de cristal, ¿recuerdas? Soy frágil, pero si me pisas te corto. Eso sí, siempre vas a ser bienvenido. Más por las venidas que por las idas, más por las risas abiertas que por los secretos, más por lo que yo siento que por lo que tú sentiste. Pero siempre bienvenido. Eso sí, no pienses ni por un segundo que soy la misma tonta e inexperta que fui hasta hace poco. Ahora piso fuerte. Ahora tengo mi llave a buen resguardo y sólo se la doy a la gente que de verdad me demuestre que lo merece y, sinceramente, a ti te falta bastante para ello.


domingo, 1 de febrero de 2015

Tiempo y amor.

El mundo está un poco desatendido últimamente. Bueno, al menos el mío. Y seguramente el de algunos más. El mundo está lleno de almas desesperadas en busca de un poco de amor. Y no, no es por el hecho de que se acerque San Valentín. Es por el hecho de que somos seres humanos y por mucho que a veces decidamos permanecer en soledad para que no se nos haga daño, inconscientemente buscamos que alguien nos salve, que alguien nos regale un poco de su tiempo, que nos dé un poco de amor. Tiempo y amor. Dos de las cosas más valiosas de las que un hombre puede poseer. Efímeramente, pero lo hace. Y como lo posee, lo puede regalar. Sin embargo, hay gente que le regala su amor y su tiempo a personas equivocadas, erróneas. Se lo regalan a personas que no saben apreciarlo, que no lo valoran lo suficiente. Personas que son su perdición, su verbo malgastar, su condición de perder. Personas que lo único que hacen es quitarle un poco de vida a ese sujeto que le está regalando, sin querer queriendo, dos de sus más preciados tesoros. ¿Por qué? Siempre he pensado que los seres humanos somos un poco (bastante) masoquistas. Tropezamos más de dos veces con la misma piedra por mucho que nos adviertan que hay otro camino a la derecha y que posiblemente no tenga piedras, sino diamantes.Y somos conscientes de que no es bueno, de que deberíamos hacer más caso a esas personas que sí valoran nuestro tiempo y nuestro cariño, pero seguimos por el camino erróneo. Somos almas perdidas en busca de una cantidad de tiempo y un tipo de amor que una vez nos dieron y que, aunque sabemos que no nos lo volverán a dar, lo queremos de vuelta. El mundo es un caos últimamente. Bueno, al menos el mío. Y seguramente el de alguno más. O al menos nuestro tiempo, o la forma de gastarlo en X cosas. O al menos nuestro amor, o la forma de regalárselo a aquellos que no se lo merecen. Tiempo y amor. Siempre queremos más, nunca es suficiente. Tiempo y amor. Enemigos. Cuando hay amor y es bueno, el tiempo vuela. Cuando no lo hay, el tiempo no parece curar nada. Tiempo y amor. También amigos. Con el tiempo, superas los amores que ya no están. Amor, hace que el tiempo se valore más. Tiempo y amor. Jodidamente indefinibles. Increíblemente necesarios. 
Os voy a dar un consejo que, por mucho que yo intente cumplirlo, a veces me resulta incomprensiblemente imposible: regalad vuestro tiempo a la gente que sepa apreciar vuestro amor y regaladle vuestro amor a la gente que desee estar presente en vuestro tiempo.