viernes, 25 de marzo de 2016

Resignarse también es una victoria.

Pues sí. Supongo que al final el mayor aprendizaje de la vida consiste en saber dejar ir, saber decir adiós sin despedida, resignarse a la derrota. Porque a veces resignarse también es una victoria. Porque es incluso una de las batallas más difíciles a las que alguien puede hacer frente. Y se lucha, se intenta, se derrama sangre hasta el último momento. Pero a veces la victoria no llega, a veces hay que saber perder. Y eso no significa que nos rindamos, porque una persona se rinde cuando es antes de tiempo, cuando aún quedan batallas por lidiar, cuando aún hay posibilidades, cuando aún quedan estrategias que poner en juego. Y resignarse es saber retirarse en el momento adecuado, cuando ya no queda nada que hacer, cuando ya se ha intentado todo, cuando nunca se nos podrá reprochar la falta de entrega. Resignarse es crecer. Crecer de una forma un tanto especial; rápidamente, con presión, sin que te percates mucho de ello. Un día te despiertas y te das cuenta de que en tu vida faltan bastantes personas, personas con las que antes pensabas envejecer, y sin embargo, ese día duele un poco menos. Ese día te envuelve más la nostalgia que el dolor. Ese día ya te has resignado, ese día ya lo has aceptado. Has aceptado la derrota, pero la has afrontado como una victoria, una lección de vida, otra ecuación resuelta aunque haya sido de una forma un tanto desastrosa. Ese día ya te has resignado y por tanto echas más de menos el recuerdo, que a la persona en sí. Ese día ya no te arrepientes de nada, ese día ya no te preguntas nada porque entonces no necesitas respuestas, porque ya sabes que lo pasó, fue así por una razón y que no hay manera de darle la vuelta. Ese día ya no esperas nada, ya no tienes esperanza ni expectativas y, aunque todo suena bastante duro, ese día, al haberte resignado, todo duele un poco menos. Pero a ver quién es el valiente que se resigna primero. A ver quién tiene la magnífica voluntad de resignarse a perder. A ver quién es el valiente que sabe decir adiós antes de perder la dignidad, a ver quién sabe despedirse yéndose en silencio, a ver quién es el valiente capaz de cerrar esa puerta y tirar la maldita llave al punto más hondo del océano más lejano. A mí me gustaría. ¡Y tanto que me gustaría! Pero de momento aún duele, de momento aún escuece la herida, aún no cicatriza, de momento y ojalá sólo sea por el momento... De momento yo no me resigno. De momento yo aún lucho, aún sangro, aún me desvivo. Y si algún día consigo tener el amor propio suficiente para resignarme, lo haré. Y me iré; rápido para evitar mirar atrás, con nostalgia y con dolor, pero sobre todo me iré con orgullo, sabiendo que lo di todo, y lo más importante: sin decir adiós. 


Y cuando quieras volver, ya no habrá nadie a quien puedas decirle hola.




miércoles, 23 de marzo de 2016

Aún dueles el doble. Dile a tu tiempo, que el mío está cansado de esperar.

Es patético, o mejor dicho, inútil empezar una vez más describiendo cuánto te echo de menos. Pero también inevitable. Por mucho que me duela admitirlo, aunque nunca lo grite en alto. Con el paso de los años, he terminado de darme cuenta que no por esconder lo que pensamos y lo que sentimos, va a desaparecer y va a ser menos real ese sentimiento. Por mucho que diga que ya te he olvidado, que ya no te echo de menos, no consigo sonar nunca del todo convincente para todos aquellos que me conocen bien. Y eso es sólo por una razón: porque no es verdad. Y yo nunca fui de mentir. Ni se me dio bien, ni me gustó. Por eso me cuesta tanto, y aún más si tiene que ver contigo. Porque tú (me) cuestas más, tú (me) dueles el doble, tú (me) matas lentamente. Tú, tú, tú. Siempre tú. La eterna excepción a cada regla existente. Al menos a todas las mías. El primer derecho de mi constitución. El que yo nunca podré negar. Ese eres tú. Tú, tú, tú. Siempre tú. Hasta cuando más me alejo, ahí sigues. Sin ni si quiera saberlo. Tú. Esa x que nunca conseguí despejar. Aunque, bueno, nunca se me dieron bien las mates. Siempre fui de letras. Por eso me tienes aquí escribiéndote otra vez. Haciéndote eterno de una forma u otra, y eso también me duele. Me da rabia. Yo regalándote mi alma, un trozo de mi mundo y tú cada vez despojándome más del tuyo. Como si no fuera nada. Hoy en día nos deshacemos de las personas como el que va a sacar la basura. Como algo rutinario, de lo más normal, buscando el bienestar de nuestra casa, la primavera de nuestra vida. Porque, hoy en día, no valoramos a las personas como realmentes se merecen. Y los pocos que lo hacemos, nos pasamos la vida sufriendo. Así estoy yo, ilusa incansable que lo da todo por todos, y que sólo recibe despedidas a cambio. Despedidas sin motivos, sin razones, sin ni si quiera una excusa que pueda aliviar mi alma. Que eso duele más aún. Por eso tú lo hiciste así. Porque tú, que dueles el doble, aún tenías que multiplicarte por dos y hacer todo a lo grande. Irte sin más. Como si nada. Como si la media vida que compartimos nunca fue del todo suficiente. Como si ya no fuera yo, y tú hubieras dejado de ser tú. Como, como... Sin comernos. Desde luego sin que yo te probase. Así te fuiste tú. Con las ganas a medias, con las cosas empezadas pero no terminadas, con todo "a punto de", con un "casi" en el aire, con un "tiempo al tiempo". Y aquí sigo yo, esperando a que ese tiempo se aclare y a que tú quieras comerme de nuevo. ¿Y tú? ¿Dónde estás tú? ¿Más cerca o cada vez más lejos?