¿Debería dejar actuar a mi corazón o debería dejar que mi mente tomase la última decisión? ¿Debería creer que me echas de menos, que alguna vez piensas en mí, que aún queda un último resquicio de esperanza para nosotros; o debería pensar que ahora todo es diferente, que esta vez era la definitiva, que el tiempo pasa y que nada dura eternamente? ¿Hay alguien que sepa qué debería hacer? Y tú, ¿tú sabes qué debería hacer contigo? ¿O crees que lo sabes aún sabiendo que en el fondo eso no es lo que quieres? Quizá, quizá debería... No. ¿Para qué? ¿Para que mis días sean algo menos grises? Quizá. O quizá se vuelvan más negros. Es la angustia de lo insólito la que no me deja aclararme, la indecisión también, la impotencia de no saber... O de saber y no atreverse, de querer y no terminar de decidirse, de repetirse y reinventarse pero seguir parada en el mismo semáforo que lleva de color esperanza casi dos meses... ¿Qué es exactamente lo que me impide dar ese paso? ¿Es el miedo a la reacción? ¿Es el miedo a la huida? ¿Es el miedo a la contrarespuesta de esa frase que puede darme la vida? ¿Es el miedo a ti o es el miedo al cielo negro que cubre tu ciudad? Quizá es que simplemente soy un poco cobarde. Al igual que tú. Quizá los dos lo fuimos siempre un poco. (Y así nos fue, y así nos va, y así nos irá...). Cobardes por no querer admitir lo que ya sabíamos, cobardes por elegir el camino fácil pero no el que queríamos, cobardes por no saber redimirnos, por no saber volver, por no creer en los cuartos intentos, por pensar que el campeón es aquel que entrena una vez y que ya tiene el cielo ganado, por no saber que realmente detrás de todo eso hay miles de intentos fallidos hasta que, un día, el campeón se despierta con ganas de comerse el mundo y decide que ese semáforo ya lleva en verde demasiado tiempo y que hoy sí, que hoy es el día en el que regresamos, nos liberamos, sentimos y nos dejamos sentir.

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