sábado, 24 de octubre de 2015

¿(Co)razón...?

¿Debería dejar actuar a mi corazón o debería dejar que mi mente tomase la última decisión? ¿Debería creer que me echas de menos, que alguna vez piensas en mí, que aún queda un último resquicio de esperanza para nosotros; o debería pensar que ahora todo es diferente, que esta vez era la definitiva, que el tiempo pasa y que nada dura eternamente? ¿Hay alguien que sepa qué debería hacer? Y tú, ¿tú sabes qué debería hacer contigo? ¿O crees que lo sabes aún sabiendo que en el fondo eso no es lo que quieres? Quizá, quizá debería... No. ¿Para qué? ¿Para que mis días sean algo menos grises? Quizá. O quizá se vuelvan más negros. Es la angustia de lo insólito la que no me deja aclararme, la indecisión también, la impotencia de no saber... O de saber y no atreverse, de querer y no terminar de decidirse, de repetirse y reinventarse pero seguir parada en el mismo semáforo que lleva de color esperanza casi dos meses... ¿Qué es exactamente lo que me impide dar ese paso? ¿Es el miedo a la reacción? ¿Es el miedo a la huida? ¿Es el miedo a la contrarespuesta de esa frase que puede darme la vida? ¿Es el miedo a ti o es el miedo al cielo negro que cubre tu ciudad? Quizá es que simplemente soy un poco cobarde. Al igual que tú. Quizá los dos lo fuimos siempre un poco. (Y así nos fue, y así nos va, y así nos irá...). Cobardes por no querer admitir lo que ya sabíamos, cobardes por elegir el camino fácil pero no el que queríamos, cobardes por no saber redimirnos, por no saber volver, por no creer en los cuartos intentos, por pensar que el campeón es aquel que entrena una vez y que ya tiene el cielo ganado, por no saber que realmente detrás de todo eso hay miles de intentos fallidos hasta que, un día, el campeón se despierta con ganas de comerse el mundo y decide que ese semáforo ya lleva en verde demasiado tiempo y que hoy sí, que hoy es el día en el que regresamos, nos liberamos, sentimos y nos dejamos sentir.


jueves, 15 de octubre de 2015

| RUIDO |.

Hay mucho ruido en la calle últimamente. Y no me refiero a ese ruido al que estáis pensando. Me refiero al ruido que se va tejiendo en sus miradas, en sus pensamientos. Noto demasiadas sombras cuando voy caminando por los mismos pasadizos de siempre. Normalmente veo desolación, desesperación porque todo vaya bien, porque la vida no les juege una mala pasada, porque no haya nada malo esperando a la vuelta de la siguiente esquina. Cada paso que la gente da es como una pelea con la vida, un pulso de mala muerte jugado a las tantas de la mañana en la barra de un bar. De esos que están reñidos durante mucho tiempo a pesar de que todos ya saben cuál de los dos ganará la partida. De esos que la gente aconseja no jugar. De los que es mejor ni intentarlo porque sales muy mal herido. Pero vivan todos esos que lo intentan. (¡Vivan, joder! ¡Valientes!).
De todas formas, sigue habiendo mucho ruido en la calle. Ruido de ese que tapona los oídos y hace que quieras gritarle al primero que pasa, o a cualquier pared, con el único deseo de que alguien corra y te diga algo tan simple como "eh, tranqui, que todo va a salir bien". Aunque sea mentira. Aunque no lo sepan con seguridad. Aunque no puedan prometerte nada. Pero sienta bien y lo agradecemos por el mero hecho de intentarlo si quiera, porque ese ruido cala tan dentro que es difícil deshacerse de él cuerpo a cuerpo, con un solo alma.
El ser humano a veces es más solitario de lo que realmente debería. Porque somos seres sociales por naturaleza y un alma siempre va a necesitar otro a su vera. Quizá por eso nos empeñamos en buscar esa media naranja de la que tanto se habla. Medio melocotón prefiero decir yo. Pero, ¿qué hacer cuando creemos que nunca va a llegar, cuando mil veces al día nos repetimos "estoy mejor solo"? ¿Qué hacer entonces con ese puto ruido que nos invade a todos al menos una vez a la semana?