viernes, 28 de agosto de 2015

Algo de vodka y una madrugada.

Algo de vodka y una madrugada fue todo lo que tuve cuando no estabas junto a mí. Fue todo lo que tuve mientras esperaba que vinieses por última vez. Y, como mi mente no dejaba de darle vueltas a todos nuestros momentos, decidí dejar que la inspiración se apoderase de mis dedos... Y decidí escribir todo lo que siempre quise decirte. Decidí compartirlo con la luna para saber que al menos alguien lo tenía claro. Este fue el resultado.

Y que siempre recuerdes,
que a pesar de todo,
de las idas y venidas,
de los ahora sí y de los ahora no,
de no haber dado todo,
yo quería intentarlo,
quise
y sigo queriendo,
y probablemente siempre quiera,
por haber dejado a la mitad
lo que siempre quise entero.
Del todo.
Hasta el final.
Con dos cojones.
Porque así debería ser siempre, ¿no?




martes, 4 de agosto de 2015

Por ese casi que nunca es suficiente.

Qué idiotas fuimos. Qué idiotas somos. Por creer que el tiempo siempre corre en nuestra contra, por echarle la culpa a él. A él, que lo único que hizo fue darnos tres oportunidades. Una más de las que merecíamos. Qué idiotas fuimos por haber tenido el momento perfecto y haberlo dejado ir. Qué idiotas, joder. Por creer que nos sobra vida, tiempo y espacio. Por pensar que tendremos otra oportunidad, que aquel momento que dejamos escapar volverá. Que volverá así de la nada, sin intentarlo si quiera, sin luchar por que vuelva. ¡Como si nos lo mereciéramos! Qué idiotas fuimos. Qué idiotas somos. Por habernos echado de nuestras vidas, por no haber suspirado una vez más, por despedirnos sin un último adiós. Por no haber dicho todo lo que nos quisimos decir, por no haber soltado todo lo que ahora se nos atraganta. Por no haber sabido controlarnos, por habernos dejado ir un poco más lejos de nuestra zona de confort pero sin llegar a ser lo suficiente, por ese "casi" que ahora está más cerca del "jamás". Qué idiotas fuimos. Qué idiotas somos. Por el miedo a discutir, por el terror a las consecuencias, por haber huido del problema que podía haber sido nuestra única solución. ¡Pero qué idiotas! Sobre todo por no haber hecho lo que realmente queríamos, lo que realmente deseábamos, lo que tanto habíamos esperado. Por no haber aprovechado esos tres momentos que la vida nos regaló, por seguir creyendo que quizá habrá otro o que quizá nunca tenga que haberlo, por rechazar el mejor regalo que la vida y esas noches nos podrían haber dado. Qué idiotas, qué idiotas... Por no saber arriesgar, por haber dado un paso hacia adelante y cuatro hacia atrás, por no saber qué decirnos después de tantos años, por haber perdido toda aquella confianza sin pensarlo dos veces, por... Por habernos querido pero no haber sabido demostrarlo, por no necesitarnos como antes. Y qué idiota, sobre todo yo, por escribir sobre ti, por pensar en ti, por seguir esperando ese momento, por ver cómo mi corazón se desgarra cada vez que oye tu nombre. Qué idiota fui, qué idiota soy y qué idiotas seremos si seguimos así. 

Last goodbye...

viernes, 17 de julio de 2015

Menos nunca quiso decir más.

Siempre estamos echando de menos a alguien. Y no me refiero a eso de echar de menos a una persona a la que hace mucho que no ves pero volverás a ver. Me refiero a eso de echar tan jodidamente de menos a una persona que, o nunca volverás a ver, o nunca os encontraréis como antes lo hacíais. Lo cual es triste, pero a la vez bonito. Más triste que bonito, claro. El hecho de extrañar a alguien quiere decir que alguna vez, quizá hace poco tiempo, quizá hace milenios, había alguien en tu vida que era tan importante para ti como para que algún día fuese a ser el o la culpable de tus pensamientos en esas madrugadas sin dormir. Eso es bonito porque eso significa que era alguien importante, alguien especial; era alguien con quien compartiste muchos momentos de tu vida, muchos problemas, muchas risas; era alguien irreemplazable. Por eso le echas de menos. Porque sabes que, jamás, (no importa si tenía defectos), jamás volverá a ser lo mismo con otra persona. Jamás serán las mismas lágrimas, jamás la misma comprensión, los mismos abrazos, las mismas visitas, el mismo cariño. Jamás es igual. A veces echamos de menos momentos y no personas pero, sinceramente, no sé cuál de las dos partes duele más. Echar de menos a alguien duele tanto que te desgarra el corazón por dentro. Y por eso es triste. Porque no sabes si alguna vez volveréis a reencontraros por cosas del destino, si quizá, (con suerte) algún día volverá a ser lo que una vez fue, y sobre todo, no sabes si esa persona te echa de menos a ti. Porque quizá le dé igual. Eso siento yo cada vez que echo de menos a alguien, pero no tiene porque ser así, claro está. Y ojalá no lo sea, de verdad. Porque me destrozaría en mil pedazos. Pero... A fin de cuentas, lo que sí que está claro es que echar de menos de esa forma es un sentimiento tan fuerte que puede provocarnos los días más grises. Así han sido los pasados días para mí y ojalá no sigan siendo así. Ojalá no tenga que volver a arrepentirme de dar más de lo que recibo. Ojalá no eche de menos cómo era alguien conmigo. Ojalá nunca cambien su actitud hacia mí. Ojalá me quieran cada día más y no al revés... Ojalá... Ojalá... De verdad, ojalá tengamos que echar muy poco de menos en esta vida. Porque menos nunca quiso decir más, y eso duele hasta morir.





martes, 23 de junio de 2015

Una vez más, la vida me sorprende.

La vida lo ha vuelto a hacer. Cuando más lo necesitaba, cuando peor estaba, cuando mi garganta pedía a gritos volver a sonreír como una tonta una vez más... Aparece. Llega alguien, o algo, un día cualquiera, el menos pensado de todos, que cambia todo y hace que no sientas los pies en La Tierra. Te hace regresar al punto donde te encontrabas antes de darte por vencido, te lleva de vuelta al rin, te prepara para luchar, te anima desde las gradas. Es bonito. Más. Es precioso porque es real. Es maravilloso que la vida, sin saberlo, te haya regalado algo que tanto necesitabas. Un día para recordar, de esos que nunca te cansas de repetir; de esos que crees que merecen ser escritos, ser compartidos. Y que, ojalá, pudieses volver atrás y grabarlo todo porque realmente ha parecido de película. Una vez más, la vida lo ha vuelto a hacer. Me ha vuelto a sorprender, me ha hecho recuperar la fe en la humanidad. Y, creedme, la pierdo cada dos por tres hoy en día. Pero no me quejo. No puedo hacerlo, no tengo derecho. Estaba pasando por una mala racha pero, oh dios, qué bien que todo haya vuelto a la normalidad. Que ahora casi todo sean sonrisas y que las únicas lágrimas sean de felicidad; que los gritos sean de diversión y que la risa me acompañe cada minuto del día. Que es cierto eso de que todo pasa por algo, que esta vez le debo al destino algo muy fuerte, que es mi felicidad. Y que también creo en eso de que hay una luz siempre al final del túnel. Siempre la hay. El problema es que no sabemos cuántos nos queda, cuánto más hemos de esperar para poder volver a verla. Pero estar, está ahí. De verdad. Por eso siempre hay que seguir. Por eso, una vez más, la música y la risa, han sido las mejores medicinas para mí y he tenido un cumpleaños lleno de destino y de sorpresas, de risas, de canciones, de gente nueva (y maravillosa) y de momentos inolvidables. Por eso, ahora veo una gran luz cada vez que camino. Y no, no está a lo lejos. Está dentro de mí y ojalá permanezca ahí durante bastante tiempo.