lunes, 4 de mayo de 2015

Make each day count.

Salí por la puerta de casa en busca de mi siguiente aventura como si se tratase de cualquier otro día pero poco a poco me fui dando cuenta de que no era así. Ese día era peor que uno rutinario. Tenía calor, no me apetecía escuchar ninguna canción, tosía más de lo que mi paciencia podía aguantar, mi pelo daba asco y, por si fuera poco, me tocaba esperar al bus más minutos de los que me gustaría. Estaba claro que me había levantado con el pie izquierdo. Y sin cabeza, porque me encontraba en las nubes cada dos por tres. "Y sólo son las once de la mañana” pensé. Subí al bus con más desgana que de costumbre. Dos pitidos seguidos y una pequeña pantalla amarilla me decían “pase” así que hice caso, avancé y me senté mientras miraba hacia la ventana con cierta tristeza. Mi mente era una bomba a punto de estallar. “Aguanta” me repetía a mí misma cada pocos segundos con la esperanza de que funcionase y pudiese ser algo más fuerte. Decidí mirar a los demás pasajeros que iban en el autobús para distraerme. Un joven se encontraba en frente de mí. Por su expresión rígida y pensativa podría asegurar que tampoco era un buen día para él. Estaba escuchando música también. Me pregunté qué se le pasaría por la cabeza al ver a una chica como yo tarareando mis canciones con pinta de interesante. (Porque así soy yo cuando viajo en autobús). Me pregunté qué pasaría si me acercase a él y le preguntase su nombre. Ya habíamos coincidido varias veces, así que, ¿por qué no? “Nos vamos a seguir viendo, podríamos ser amigos. Estaría bien” pensaba mientras negaba con la cabeza para mi interior. Jamás me atrevería a hacer eso. ¿Cómo iba a privarnos a los dos del placer de viajar escuchando música? “Estaría bien” repetía mi alter ego. Claro, no se lo negaba. Pero no sería capaz de hacer eso ni en este ni en ningún universo paralelo posible así que ignoré mis fantasías peliculeras y desvié la cabeza. Un señor de avanzada edad y un chico jovencito, que imaginé que sería su nieto, conversaban agradablemente. El pequeño le susurraba cosas al oído a su acompañante. Me parecía muy tierno. Ese sí que era su día. Se reían y miraban entretenidos hacia todos lados. Seguro que, teniendo la relación que mostraban tener, todos eran buenos días para ellos. Recapacité y pensé que, quizá, aquel no era mi mejor día porque debía de ser el suyo. Y también que, quizá, mañana volvería a ser el suyo pero también sería el mío. Y el del chico misterioso. Y sería mañana cuando todos nos dedicaríamos una sonrisa al subir a ese autobús en busca de la siguiente aventura. Sería mañana cuando no miraría a la ventana pensativa y con tristeza, cuando no buscaría excusas en mi mente que justificaran mi desgraciada mañana, cuando no necesitaría distraerme mirando a los demás pasajeros. Sería mañana cuando estaría decidida a vivir una gran aventura y hacer que ese día contase para algo. Porque cada día ha de contar, cada día ha de sumar algo bueno a nuestra vida. Y ese día tuve la esperanza de que así sería al día siguiente.

(Y así fue)

Pequeños consejos para que nunca os levantéis con el pie izquierdo: